Los cuatro textos que componen este monográfico tienen su origen en los ejercicios prácticos desarrollados por los y las estudiantes de la asignatura Cronotopías Urbanas del Máster en Investigación Antropológica de la UNED, a lo largo del curso 2024-2025.
Como docente de la asignatura, he pensado a menudo —casi curso tras curso— que la evidente calidad, originalidad y frescura etnográfica de muchos de estos primeros tanteos de antropólogos y antropólogas noveles los hacía merecedores de ser publicados. Es, por tanto, de agradecer que esta revista ofrezca un espacio amable, sin dejar de ser riguroso, para una difusión que sigue siendo poco frecuente en el contexto editorial de las revistas de antropología.
Asimismo, confío en que este monográfico pueda dar lugar a otras iniciativas de publicación de textos elaborados por antropólogas y antropólogos en fases tempranas de su formación, incluso anteriores a la tesis doctoral, que, por su interés, merecerían una difusión y una trascendencia que vayan más allá de la calificación en una asignatura.
La propuesta de trabajo que dio origen a estos textos consistió en la elaboración, a través de sucesivos pasos y borradores a lo largo del curso, de una etnografía cuyo tema fue elegido libremente por cada estudiante, si bien ajustado al abordaje de un objeto común vinculado a las ciudades contemporáneas: la mediación de dispositivos y procesos digitales en la producción del urbanismo, por decirlo a la manera de Wirth, como modo de vida.
Me alegra especialmente que el esfuerzo y los logros de las autoras puedan ahora ser valorados y disfrutados por quienes se interesen por este monográfico.
La propuesta de nuestro primer monográfico recoge cuatro ensayos brillantes sobre espacios urbanos naturalizados donde las rutinas se viven con aparente normalidad: una playa turística, una carretera fronteriza, una línea de autobús y un taller textil en un pueblo zapoteco. En todos los casos, lo urbano aparece menos como lugar donde se desarrollan los acontecimientos que como, precisamente, unos acontecimientos que los construyen los espacios; entramados de relaciones donde infraestructuras, tecnologías y cuerpos reconfiguran los ritmos de la vida cotidiana.
La playa de las Teresitas es un espacio del ocio moderno que pasa por un lugar asociado a la naturaleza (y por ello, reconvertido en ocio); el artículo de Carolina Reyes lo revela como un artefacto urbano denso en temporalidades superpuestas. Allí, las infraestructuras de control, distintas señalizaciones que articulan la vida y el movimiento y transporte regulan flujos de turistas y residentes, convirtiendo la experiencia de la playa en un laboratorio de gestión algorítmica del disfrute. La cronotopía urbana se manifiesta en la superposición de memorias, proyectos urbanísticos y tecnologías de gobierno, donde la naturaleza queda coreografiada y diseñada por dispositivos de planificación y vigilancia.
En el cruce fronterizo del Tarajal que nos relata Erhimo Mohamed, la cronotopía tiene otra tonalidad: La espera construye el espacio. Es espacio construido es la frontera. Entre Ceuta y Marruecos se presenta una interfaz urbana donde las decisiones políticas se inscriben en los cuerpos que soportan colas, controles y arbitrariedades. El WhatsApp de la frontera se convierte en una infraestructura digital que permite compartir, anticipar, y resistir, creando márgenes de autonomía frente al poder que construye la movilidad en ese espacio. Lo urbano aquí es un espacio liminar; no es ciudad; ni tan siquiera un puesto fronterizo. Es universo; en él los dispositivos de control y las redes de resistencia producen una forma específica de habitar la incertidumbre.
El ensayo de Hugo Sánchez Mur y Raquel Balsera mira otros horizontes; las paradas de autobús de Zaragoza sirven para interrogarse sobre cómo la ciudad se torna legible según la posición cognitiva de quien la transita. En la neurodivergencia, los microespacios de espera y las tecnologías se convierten en infraestructuras excluyentes. El acto de esperar el autobús es aquí, un intervalo espaciotemporal donde la sobrecarga sensorial, la ambigüedad de la información y la desigual distribución de equipamientos revelan el carácter normativo del diseño urbano. Las ciudades se producen tanto por lo que muestran como por lo que vuelven invisible. Sánchez y Balsera dicen que la accesibilidad no es un mero añadido técnico, sino una cuestión política que define quién habita la ciudad y quién la sufre.
En Teotitlán del Valle sitúa la reflexión Paula Gil. Allí el telar y las redes sociales entrelazan dimensiones comunales y globales de lo urbano. Gil muestra cómo las infraestructuras algorítmicas reordenan ritmos, jerarquías y reconocimiento mientras sigue la circulación digital del tapete zapoteco. Los talleres reordenan sus importancias sincronizándose con los tiempos de la publicación en plataformas; las puestas en escena visuales se convierten en requisito de visibilidad y la frontera entre lo rural y lo urbano se difumina al inscribirse el tejido en circuitos transnacionales. La ciudad deja de ser un contorno físico para convertirse en una red de conexiones sociotécnicas que atraviesa territorios.
Los cuatro artículos nos enseñan (nos hacen disfrutar) de una antropología urbana atenta a las infraestructuras digitales y materiales que organizan el espacio de la vida cotidiana. Las playas, las fronteras, las paradas de autobús y los talleres textiles no son escenarios secundarios; son nodos donde se condensan tensiones de la ciudad: entre control y autonomía, visibilidad y opacidad, inclusión y exclusión y entre todas las formas de desigualdad. La cronotopía urbana, en todos los casos, permite captar cómo esos lugares articulan ritmos y generan configuraciones específicas de experiencia urbana.
En este monográfico proponemos pensar la ciudad desde sus márgenes; donde la tecnificación del espacio y las desigualdades sensoriales o territoriales se hacen más visibles. Estos textos reunidos os (nos) invitan a comprender lo urbano como una trama de ensamblajes que excede fronteras administrativas o políticas y las categorías desde las que se construye la planificación. Desde la playa hasta la frontera, desde la parada hasta el telar, la ciudad aparece como un campo de disputas en el que se negocian continuamente las formas de habitar, moverse, esperar y hacerse visible.