Introducción
En general, el cine documental es una forma de interrogar las múltiples dimensiones de la migración contemporánea. En particular, los documentales que abordan la experiencia migratoria de manera íntima desplazan el énfasis de estadísticas y narrativas institucionales hacia cuerpos, voces y emociones de quienes atraviesan fronteras. Migranta con M de Mamá (Díaz Mendiburo, 2020) constituye un ejemplo de esta apuesta, en él la figura de la madre migrante ocupa el lugar central como punto de condensación de cuidados, nostalgias y resistencias que permiten cuestionar la violencia de las políticas migratorias y los marcos sociales que reducen a las personas migrantes a su condición de fuerza de trabajo.
Este ensayo propone analizar la representación de la madre migrante en el documental, se entiende dicha figura como un ensamblaje de imágenes, narrativas y silencios que articulan dimensiones íntimas y políticas de la movilidad/inmovilidad. Se parte de la hipótesis de que la madre migrante, como aparece en el documental, no puede comprenderse únicamente como una víctima pasiva de las circunstancias, ni cómo un mero símbolo del sacrificio. Es una figura compleja en la que se inscriben el cuidado transnacional como práctica política a través de una doble ausencia (Sayad, 2010) o una doble presencia (Linardelli, 2021), la nostalgia como vínculo afectivo con lo que se ha dejado atrás, la sexualidad como dimensión negada y la racialización como eje de desigualdad y estigmatización.
La relevancia radica en romper con el imaginario histórico que concibe al migrante sólo como bracero o como cuerpos útiles sólo como mano de obra. Se centra la mirada de la madre migrante, el documental y su análisis permiten visibilizar la completud humana de la experiencia migratoria a través de afectos, deseos (Spinoza, 2023), contradicciones (Pascal, 2023) y resistencias (Foucault, 1990) que corroen la lógica instrumental de los mercados laborales y de las políticas de control fronterizo.
Aquí se entiende completud como una perspectiva que reconoce a la madre migrante como sujeto pleno: afectivo, corporal, sexual, inmerso en temporalidades de espera y cuidado, atravesado por regímenes de racialización, entre otras dimensiones, cuya experiencia íntima y política desborda su reducción a fuerza de trabajo.
De manera metodológica, el ensayo se apoya en los aportes de la antropología visual (Ruby, 2007; Zirión Pérez, 2015) para examinar las formas en las que imágenes producen sentido y generan afectos. También, en los estudios de género que problematizan la construcción social de la maternidad y su vínculo con la migración (Wagner, 2008; Gil y Gonzálvez Torralbo, 2012). Además, en las teorías críticas de la movilidad (Mezzadra y Neilson, 2019; De Genova, 2002; Casas-Cortés y Pickles, 2015) que permiten pensar las personas migrantes como sujetos complejos atravesados por regímenes de poder y desigualdad.
Con este marco se busca mostrar que la representación de la madre migrante en Migranta con M de Mamá no sólo refleja una experiencia particular, sino que abre un campo de discusión más amplio sobre la manera en que la migración es narrada, vista y sentida en el espacio público. El ensayo se organiza en distintos apartados. En primer lugar, se aborda la centralidad del cuidado como práctica íntima y política en la experiencia migratoria. En segundo lugar, se examinan la nostalgia y el desarraigo como dimensiones constitutivas del desplazamiento. Posteriormente, se problematiza la reducción de los migrantes a fuerza laboral y se reivindica su condición de sujetos plenos. Finalmente, se analizan los cruces entre sexualidad y racialización, para situar una discusión sobre los alcances y límites de las representaciones documentales de la migración.
Desarrollo
Contexto y aproximación
El documental Migranta con M de Mamá protagonizado por Victoria Guadalupe Meneses, Beatriz Salgado Perea y Letty Martínez, dirigido y producido por Araón Díaz Mendiburo en el marco del Programa de Apoyo de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT): IG300119 de la Universidad Nacional Autónoma de México. El metraje de 25 minutos narra la historia de 3 mamás migrantes que trabajan en el marco del Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT).
En este tiempo, muchas de las imágenes, las historias contadas y los silencios producen una representación de la mamá migrante. Desde la perspectiva y en voz propia de las protagonistas se puede entrever la complejidad de la movilidad humana y las implicaciones en el lugar de origen y de destino, en una circularidad que conversa con los cuidados a nivel transnacional.
El documental se inscribe en una tradición de metrajes que buscan dar voz y visibilidad a las experiencias de quienes atraviesan fronteras en condiciones de precariedad y vulnerabilidad. A diferencia de las producciones que centran su mirada en cifras o discursos oficiales, este documental centra su narrativa en una perspectiva íntima en donde lo cotidiano y lo afectivo están en primer plano. Se sitúa a la figura materna como eje narrativo con un decir-haciendo (Torres Pérez, 2018) que coloca la atención en vínculos de cuidado, responsabilidades familiares y emociones que acompañan los procesos de movilidad.
El contexto de producción del documental es relevante para comprender su apuesta estética y política, en México y Centroamérica es un periodo de intensificación de las políticas de control migratorio (Odgers-Ortiz, 2024), el metraje emerge como una respuesta crítica a los discursos hegemónicos que reducen la migración a flujos numéricos o amenazas para la seguridad nacional (Alexander, et al. 2022; Escolarno Utrilla, et al., 2020). Es un contrapunto al visibilizar a la madre migrante como sujeto activo que es atravesado por contradicciones y resiliencias. En la antropología visual y el cine social es la problematización de las formas en las que se representa la movilidad humana en contextos de desigualdad.
La aproximación analítica que guía este ensayo se fundamenta en las ideas de que las imágenes no sólo reflejan realidad, sino que también las producen. Las imágenes son agentes de capacidad de generar, organizar y movilizar afectos, percepciones y sentidos (Mitchell, 2005). No es sólo el registro de experiencias, es un ensamblaje del relato visual que interpela al espectador y sus imaginarios.
No se usa como marco teórico, pero el marco desde el que parten los textos utilizados en esta investigación son los siguientes: la antropología visual permite entender las estrategias estéticas y técnicas mediante las cuales se configura la representación. Los estudios de género iluminan las maneras en que la maternidad migrante es construida de manera social y cultural por algunas cargas o expectativas sociales asociadas a la figura materna cómo las formas en las que se negocian los cuidados en contextos de movilidad. Finalmente, las teorías críticas de la movilidad ofrecen herramientas para comprender la figura de la madre migrante como un espacio en donde confluyen ejes de desigualdad y resistencia, amén a la perspectiva de la migración como campo de poder, racialización y producción de las subjetividades.
El Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT) entre México y Canadá es un esquema bilateral que funciona desde 1974, este esquema permite a Canadá reclutar jornaleros y colocarlos en granjas canadienses con estancias variadas que garantiza un promedio de trabajo de 40 horas semanales. El reclutamiento se canaliza por autoridades mexicanas y consulados con criterios de elegibilidad y en Canadá se rigen por estándares que el empleado debe cumplir, aunque se han mencionado algunas bondades como que el PTAT es uno de los programas más estables para una migración legalizada, existen riesgos respecto a la salud y la vivienda de las personas que trabajan en este programa (de Font-Réaulx Rojas, 2024).
En este marco inicial, el documental no se limita a describir escenas o personajes, sino que busca interrogar la representación misma ¿Qué dice la madre migrante sobre las formas de narrar la movilidad?, ¿Qué silencios o ausencias revela su figura?, ¿Cómo se articulan las dimensiones íntimas y políticas en su construcción audiovisual? Las tres historias reflejan una complejidad circular, entre los cuidados y la nostalgia, la sexualidad y el silencio, la racialización, la completud y el tiempo.
Entre el cuidado y nostalgia
El caso de Victoria Guadalupe Meneses en una de sus frases iniciales comenta “yo los dejaba con mi hermana mayor” (Díaz Mendiburo, 2020). Aunque no se enuncia demasiado, se puede intuir que habla de infancias, de sus hijos. Aquí el cuidado es delegado hacia las madres de manera casi automática (Florêncio de Azevedo, et al., 2022). En el relato de Victoria, el cuidado y la maternidad se presentan como un vínculo dado por sentado. Esa presentación en teoría no es política, pero es en sí una política: desplaza el conflicto al ordenar prácticas y expectativas (Ferguson, 1990).
Para ella es el reclamo discreto, “no es lo mismo porque tú eres su madre” (Díaz Mendiburo, 2020), le dicen sus familiares. Es un encargo moral del cuidado hacia las maternidades (Tronto, 1993). Hay una tendencia a que la madre ocupe un lugar importante dentro de los cuidados, cuando hay movilidad migratoria la figura de la mamá y su relación con los cuidados no para. Otro ejemplo, es la existencia de mujeres que ayudan a migrantes africanos en su paso por América Latina, aunque no sean sus madres biológicas se les denomina mamá áfrica, así ocurre en Brasil (de Aquino, 2024), Colombia, Costa Rica (Ronderos, 2021) y México (Villarreal Cabello, 2024).
La migración que ejercen las mujeres del documental es circular, van y vienen, pero es un círculo más amplio porque en el caso de Victoria la repetición del ciclo de abandono o doble presencia familiar continua. Su hijo con una hija ahora tiene que migrar. No se sabe si por una cuestión de causalidad acumulada (Fussell, 2010) o por una posible cultura de la migración (Castro Neira, 2012) o incluso como parte de un proceso de migración económica (Domingo y Sabater, 2013). Sin embargo, el ciclo continuo, es un documental breve con pistas clave de realidades amplias, replicables y complejas.
En ese sentido, no es sólo lo que se habla sino también lo que se calla lo que entrega muestras de lo que ocurre y lo que implica en los procesos migratorios. En algún punto la protagonista hace una relación dicotómica entre el dinero y las emociones, entre lo material y lo emocional en una balanza de ausencia y presencia. Es el otro costo de “las remesas, la otra gran cosecha agrícola" (Monsiváis, 2011). Esta dialéctica es interesante porque desde la perspectiva familiar hay un abandono de la madre de sus cuidados delegados desde la naturalización de estos hacia la figura materna (Florêncio de Azevedo, et al., 2022).
Sin embargo, autores como Sayad, postulan la idea de una doble presencia (Sayad, 2010), no todo es abandono, esta doble presencia puede carrear consigo problemas de salud a largo plazo (Linardelli, 2021). Esta es una imagen que se presenta en el documental. En el documental el cuidado es una práctica que articula lo íntimo y lo político. La madre migrante se muestra mientras alimenta, sostiene y protege a sus hijos, sus palabras relatan el peso de las jornadas y también evidencian el modo en el que el cuidado se convierte en un eje de supervivencia colectiva (León-Savedra y Peña Pita, 2024).
Después, narra que su hijo también ha migrado, pero que tiene otra hija en el lugar de origen, quizá es una idea de familia y espacio más compleja ¿Cómo se sostiene la vida y la familia transnacional? ¿Con un hijo en Canadá y otra en su lugar de origen, la ausencia o la presencia es triple? En la experiencia migratoria no se comprende sólo como trayectorias geográficas o marcos legales.
El cuidado es una práctica no sólo privada o doméstica (Mora y Pujal I Llombart, 2018) es eje central de la organización de la movilidad, el trabajo de cuidado es parte de cadenas afectivas que atraviesan familias y comunidades (Gutiérrez Serrano y Martín-Palomo, 2023). El cuidado se define como una actividad indispensable para sostener la vida y garantizar su continuidad (Celiberti, 2022), esto permite pensar la migración no sólo como un fenómeno de desposesión sino como un entramado de prácticas destinadas a preservar en condiciones adversas.
En la migración es un campo donde el cuidado también es político, es una estrategia para resistir a la precariedad (Fuentes Gutiérrez y Agrela Romero, 2018), reconstruir lazos sociales y reafirmar la dignidad frente a los regímenes fronterizos que buscan deshumanizar (Castañeda Gómez del Campo, 2020). El cuidado no es sólo un gesto es un acto de resistencia que sostiene la vida en movimiento, en destino y en origen, se desafía la lógica instrumental o sólo material. A veces por su complejidad y entramado relacional se habla de diamante de cuidados: que es la arquitectura a través de la cual se brinda cuidado que tienen que ver con familiares, mercados, aparato estatal y sin fines de lucro (Razavi, 2007).
También es posible observar el desarraigo, porque entre esta dicotomía narrada entre lo material y lo emocional se enuncia que se prefiere el cuidado. Dice Beatriz "[...] lo difícil es la separación porque me tengo que volver a ir, y volverla a dejar sola [su hija] y todo lo que hemos logrado pues se pierde. Porque yo sí siento que hemos logrado muchas cosas con ella, sí osea, el afecto, el cariño, la convivencia [...]" (Diaz Mendiburo, 2020).
En ese sentido, migrar implica la pérdida de territorios, afectos y rutinas que configuran el mundo cotidiano (Quiñonez Góngora, 2011). Desde el espacio hasta el exilio, el desarraigo ha sido conceptualizado como un quiebre en donde el individuo se ve obligado a reconstruir sus vínculos simbólicos y materiales en un entorno que resulta ajeno.
Pero el arraigo o desarraigo no sólo es a espacios o identidades, también es a vínculos afectivos tal como lo muestra Beatriz “[...] el año pasado que yo regresé, ella [su hija] no se acercaba conmigo... me decía, me veía como una extraña y sí ¿no? porque realmente soy una extraña a ella porque no soy parte de su entorno, porque no soy parte de su vida social, porque no soy parte de su vida diaria [...]” (Diaz Mendiburo, 2020).
En ese sentido la nostalgia no es una emoción pasajera, es una manifestación de la fractura con la movilidad (Cardonetti, 2022). Dice Victoria: “[...] Son dos sentimientos que yo tengo, tanto buenos por ir ver a mi hijo y un sentimiento de tristeza y de nostalgia porque dejo a mi hija [...]” (Díaz Mendiburo, 2020). También, la nostalgia de manera colectiva es memoria, identidad y pertenencia (Fortier, 200).
En los desplazamientos la nostalgia emerge como la persistencia de lo perdido. Al no ser una sensación melancólica sino mantener vivos los vínculos simbólicos se puede pensar como una práctica de resistencia frente a los regímenes de borrado de historia personal o comunitaria. Recordar es un modo de no aceptar la homogeneización que impone el tránsito (Batcho, 2018).
Así lo demuestra Letty cuando habla de una especie de supresión del tiempo que a la vez es motilidad “al trabajar rápido en las áreas que me asignan, se me va el tiempo de volada y al sentir que el tiempo se me va de volada ya es un día menos para yo ver a Diego [su hijo] y eso es lo que a mí me impulsa para al momento de yo trabajar" (Díaz Mendiburo, 2020).
Sexualidad, salud y silencio
En el caso de Beatriz Salgado Perea es posible observar la tríada sexualidad, la salud y el silencio. Aquí la protagonista expresa su sentir y su guardar sobre su sexualidad, cuestiona si quienes la contratan la observan como si no tuvieran necesidades sexuales, de alguna forma denuncia una especie de encierro.
“si tu salías más tarde te preguntaban '¿a dónde vas? o '¿Por qué ya apenas regresas?' el jefe nos puso una nana o sea a mujeres ya adultas, señoras, imaginate" (Díaz Mendiburo, 2020). También se enuncian estrategias frente a estos mecanismos "pero tú sabes cómo somos, todo mundo tiene mañas y se las ingenia: se escapaban por otro lado, le ponían un hoyo a la cerca y por ahí escapábamos" (Díaz Mendiburo, 2020). Narra otras situaciones como aquellas en donde se ocultan los embarazos a los patrones o donde se guarda silencio sobre la vida personal como la existencia de los hijos. “la mayor parte de las mujeres eso es lo que hacemos, ocultamos nuestro embarazo, por temor a que te regresen, por temor a que te castiguen" (Díaz Mendiburo, 2020).
Esta construcción de un silencio estratégico se evidencia en otros grupos sociales como en los pueblos indígenas (Hammerschmidt y Foitzick Reyes, 2025). La migración se encuentra en una frontera múltiple a pesar de estar bajo un programa que permite moverse a trabajar hacia Canadá, la frontera es geográfica, simbólica y social, porque la sexualidad de las personas migrantes, en específico la de las mujeres, suele ser invisibilizada o reducida a un terreno de riesgo y violencia (Luibhedi, 2015).
Desde los estudios feministas se menciona que el control sobre la sexualidad es un mecanismo de disciplinamiento (Bartky, 2020) pues se espera que las mujeres encarnen la figura de la madre sacrificada, pero a la vez se les reconoce como sujetos de deseo (Young, 1993). Negación no inocente sino estructura de despojo situada en los cuerpos de migrantes en un régimen donde el placer y la intimidad quedan subordinados a la sobrevivencia.
La salud es otro eje de tensión. Las políticas migratorias y su rigidez obligan a que los migrantes a través del silencio contribuyan a invisibilizar su salud integral (Yamanis, et. al., 2021), se inducen los controles biométricos con exámenes de ingreso y protocolos especiales. La dimensión sexual, afectiva y psicológica queda desplaza frente a la urgencia de documentar o vigilar, la salud migrante es un campo de excepción donde sólo cuando se amenaza a la población receptora hay un intento aparente por garantizar algunos derechos (Bloch, Kumarappan y Mckay, 2014).
Aquí el migrante prefiere ocultar sus enfermedades y padecimientos. El silencio es un hilo conductor de los periplos de las mamás migrantes, el silencio se pone en la sexualidad como tabú y en la salud como ausencia de palabras. Además, es una estrategia política de exclusión. El no nombrar evita reconocer al migrante como un ser completo, se reduce a cifras o flujos. Ahora bien, el silencio también es un espacio de agencia, puede ser una forma de resguardarse frente a la violencia, de proteger la intimidad. La ambivalencia del silencio menciona que lo no dicho también habla.
Racialización, completud y tiempo
El tiempo constituye también una dimensión crucial, porque no es sólo tiempo cronológico, es un tiempo atravesado por la espera, la interrupción y la aceleración forzada (Abad Miguélez, 2018). Las políticas migratorias producen regímenes temporales de detención, trámites, retornos. Desde esta perspectiva el migrante viven un tiempo en desequilibrio, el futuro se posterga o no se mide, el presente se vuelve precario o indeseado.
También, el tiempo se resignifica como espacio de resistencia, la espera es aprendizaje, la memoria es recurso y el porvenir se imagina en condiciones de incertidumbre (Rodríguez Torrent y Gissi Barbieri, 2023; Conteras Román, 2021). Letty Martínez narra cómo trabaja durante la temporada de flor de crisantemo, aquí la fugacidad se vence con el trabajo rápido pues su intención es romper con esa velocidad la opacidad del tiempo, narra ella, que es así como logra sentir que avanza más rápido el tiempo.
Esa necesidad de que el tiempo pase más rápido, para ella es la oportunidad de cuidar a sus hijos en su terruño, demanda sólo trabajar seis meses y retornar seis meses. Sobre todo, porque como menciona Letty “[...] es muy duro viajar y dejar, bueno a mí en lo personal, fue muy duro viajar y dejar a mi hijo, mi mamá, mi papá" (Dias Mendiburo, 2020). La sociología y las políticas del tiempo hablan sobre disciplinamiento de la migración a través de prácticas de espera (Salvador Aruj, 2015).
Aquí la protagonista también narra cuestiones sobre el cuerpo, sobre como usa distintos métodos anticonceptivos y tiene un nuevo hijo. Su miedo: “si va a ser morenito” (Díaz Mendiburo, 2020). Como miedo ante la discriminación y el racismo de su lugar de origen. En estas imágenes se narra a la mamá migrante con la necesidad de ser volteada a ver como una persona completa, no sólo son brazos trabajadores, se es mujer, se es madre dos veces, se es deseo y miedo.
En el caso de la racialización migrante tiene que ver con una producción de jerarquías globales. Los cuerpos migrantes son codificadores por la mirada estatal y social en función del color de piel, la lengua y la nacionalidad (Macedo y Gounari, 2005). El miedo porque no sea moreno enuncia una condición de miedo y de racismo como efecto directo.
Pensar la migración desde la completud humana permite romper con la reducción histórica del migrante como fuerza de trabajo, de recurso laborar se pasa a una dimensión afectiva, sexual, cultural y política. De alguna forma el documental intenta mostrar esa completud porque explica muchas dimensiones que son parte de la condición migrante y humana: Beatriz explica: "[…] todo el tiempo estas de mal humor porque te encierras en tu mundo, te encierras en tu cascarón, es feo porque somos seres humanos y como seres humanos tenemos necesidades. Todos las tenemos, necesidades de socializar con gente, de convivir, de platicar” (Díaz Mendiburo, 2020).
El enfoque más holístico permite comprender que la migrante porta memorias, identidad, emociones y aspiraciones que fracturan categorías instrumentales (Edwards, 2025).
Conclusiones
Migranta con M de Mamá permite reconocer que la figura de la madre migrante es una representación articulada por prácticas de cuidado, experiencias y memorias nostálgicas que atraviesan la movilidad. De esta forma la maternidad migrante es un espacio de convergencia entre lo íntimo y lo político, aquí se fracturan narrativas que ven al migrante como sujeto sólo capaz de brindar fuerza de trabajo.
El documental pone en evidencia los límites de las imágenes para dar cuenta de la totalidad de la experiencia migratoria, también es una grieta para que se interroguen esas ausencias y esos silencios. Comprender la maternidad migrante desde esta perspectiva permite comprender cómo se producen subjetividades, temporalidades y desigualdades.
El documental pone en el centro la figura materna, invita a replantear la manera en la que se representa y se piensan las vidas migrantes no sólo a través de la supervivencia sino experiencias de visibilidad, reconocimiento y justicia. En la representación de la maternidad migrante la pregunta ineludible es ¿Dónde están los padres en estas narrativas? Su ausencia no es sólo biográfica o circunstancial, política y estética.
La centralidad revela un reparto desigual de responsabilidades del cuidado, es una mirada que asocia la migración femenina a la maternidad como única forma de legitimidad. Los padres son expulsados de la escena, invisibilizando otras posibles configuraciones familiares que refuerzan la idea de que el peso del desarraigo recae sólo en las mujeres.
El documental, como todo dispositivo visual establece un límite, muestra y calla, ilumina y oscurece. Lo que no se nombre ni se registra también es elocuente, así como lo que se expone. Los silencios sobre sexualidad, salud o paternidad revelan los márgenes de representación que el medio impone, ninguna imagen, o siquiera un largometraje puede contener la totalidad de la experiencia migratoria. Quizá estos silencios también son estratégicos. De esta forma el documental invita a preguntar qué vemos, hasta dónde llega la pantalla, qué voces, qué cuerpos o historias quedan fuera de cuadro.