Antes que una línea en el mapa, una frontera es una pregunta sobre el cuerpo. Quién puede estar aquí, quién debe cubrirse, de qué manera baila quien nos es de los nuestros, quién habita un espacio y en qué condiciones: estas son preguntas que se inscriben en cuerpos concretos, en barrios reales, en trajes, en canciones, en relatos de origen y en asambleas de vecinos. El tercer número de Ensamblajes reúne un conjunto de trabajos que, desde geografías, métodos y objetos de estudio distintos, convergen en una misma inquietud antropológica: cómo se producen y se sostienen las fronteras que organizan la pertenencia.
No se trata de un monográfico sino de una constelación de investigaciones que comparten una sensibilidad crítica común. Todas desconfían de las explicaciones que presentan las jerarquías sociales como hechos naturales, heredados e inevitables. Y todas apuestan, desde sus propios registros, por formas de conocimiento situado que toman en serio la experiencia vivida, la materialidad de los conflictos y la densidad política de la vida cotidiana.
La pertenencia nunca es un dato simple. No se pertenece del mismo modo a un barrio que a una tradición; ni a una comunidad política que a un estilo musical. Sin embargo, en todos esos planos aparecen procesos comparables de clasificación, reconocimiento, distinción y disputa. La antropología permite comprender cómo se sedimentan formas de poder en objetos y prácticas ordinarios.
En esta clave puede situarse el texto de Cristian Pardines Gracia, Desafinados. Un perreo entre la antropología y el discurso antirreggaetonero, que disecciona los mecanismos mediante los cuales el gusto musical opera como frontera de clase, de raza y de distinción social. El reggaetón (o su descalificación reiterada) aparece no solo como un género musical discutido, sino como un campo donde se condensan jerarquías culturales. Lo que se juzga cuando se desprecia una música rara vez es solo su sonoridad; se juzgan también los cuerpos que la bailan, los espacios donde circula y las posiciones sociales con las que se la asocia.
El cuerpo como superficie donde se inscriben valores y pertenencias se visibiliza también en el trabajo de Miriam Núñez Velázquez, Una mirada al pasado: el traje de cobijada. La frontera aquí se inscribe en la indumentaria, en la visibilidad y en el control del cuerpo femenino. El análisis del traje de cobijada en Vejer de la Frontera muestra cómo una prenda históricamente vinculada a la regulación de la presencia pública de las mujeres puede llegar a convertirse, mediante complejos procesos de resignificación, en emblema de identidad colectiva y orgullo local. Núñez muestra además que la patrimonialización nunca es un proceso neutro. La cobijada se mueve entre orgullo comunitario y mercantilización turística, entre saber oral y amenaza de pérdida. Esa mirada es fértil para la antropología porque evita dos simplificaciones simétricas: la condena automática de toda continuidad cultural por su pasado opresivo y la celebración acrítica del patrimonio como valor en sí mismo.
La cuestión del espacio y de sus regímenes de acceso, exclusión y posibilidad adquiere una formulación especialmente robusta en el artículo de David Carmona Sánchez-Calderón, Repensar el común desde la noción de la construcción política del espacio. El autor propone desplazar la discusión sobre lo común desde el problema de la gestión de recursos hacia la producción política del espacio urbano, mostrando que la ciudad está lejos de ser un escenario neutro. Infraestructuras, normativas, dispositivos técnicos, desigualdades de acceso y procesos de expulsión configuran, en su argumentación, geografías fracturadas donde la pregunta por quién puede estar dónde y en qué condiciones se vuelve decisiva. Este desplazamiento resulta significativo porque permite leer las fronteras no solo como diferencias identitarias, sino también como ensamblajes materiales. La ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres son formas concretas de distribución desigual, movilidad, cuidado y presencia. Frente a ello, los espacios asamblearios que analiza Carmona Sánchez-Calderón aparecen como infraestructuras de lo común: intentos parciales, pero políticamente densos, de decisión compartida donde predominan las lógicas de cercamiento y expulsión.
En esa secuencia de problemas el artículo de Alba Medina García, Estructuras mitémicas en los mitos de creación chinos: cosmogonía, antropogonía e interacción interétnica, nos muestra que también los relatos de origen pueden leerse como escenarios de negociación de la diferencia y de producción de pertenencia. A partir del análisis comparativo de los mitos de creación Lahu, Wa y Han, el artículo identifica mitemas compartidos y los interpreta como huellas de contactos históricos, difusión cultural y resignificación entre comunidades diversas. El texto de Medina García dialoga de forma fértil con el resto del número: allí donde otras contribuciones analizan cómo se regulan cuerpos y espacios, este artículo permite pensar cómo los imaginarios de origen funcionan como archivos de contacto y de disputa.
La frontera más radical es, sin ningún género de dudas, aquella que se traza después de la muerte. Dionisio Contreras Casado examina en Cuerpos al margen: antropología de la exclusión post-mortem y la gestión eclesiástica del suicidio en Sigüenza cómo la Iglesia Católica reguló durante siglos los cuerpos de quienes se quitaban la vida, relegándolos a espacios no consagrados separados del suelo sagrado por muros que eran, antes que arquitectura, jerarquía moral en piedra. A través del análisis de expedientes diocesanos de los años cuarenta y cincuenta y de una crónica de prensa de 1917, Contreras Casado muestra que la pertenencia a la comunidad no terminaba con la vida: se prolongaba (o se negaba) en la gestión del cadáver. El muro del cementerio funcionaba como dispositivo de clasificación simbólica, y la presunción de enajenación mental como salvoconducto pastoral. El cuerpo del suicida, tratado como materia fuera de lugar en términos de Mary Douglas, revela que la exclusión post-mortem no es tan solo una práctica religiosa, también es una forma de tanatopolítica: un gobierno de los cuerpos que se extiende más allá del último aliento.
El recorrido del número finaliza con la reseña de María Zoila Tapia González sobre Everyday Ethno-National Identities of Young People in Bosnia and Herzegovina, de Jessie Barton Hronešová. La Bosnia de posguerra que aparece en esta lectura crítica constituye un escenario para pensar la persistencia de las fronteras cuando ya no se presentan como líneas de conflicto armado, sino como sedimentaciones cotidianas en lenguajes, afiliaciones religiosas, circuitos de sociabilidad y ausencias de contacto interétnico. Su inclusión en el volumen funciona como un cierre especialmente pertinente, porque devuelve al lector a una constatación fundamental: las fronteras más persistentes no siempre son las más visibles. A menudo actúan con mayor eficacia cuando se han naturalizado en hábitos, expectativas y marcos de percepción.
Leído en conjunto, este número de Ensamblajes ofrece una serie de aproximaciones a distintos lugares donde la frontera se vuelve problema antropológico. Música, vestimenta, ciudad, mito, metodología, nación: objetos diversos que aquí comparecen como puertas de entrada a un mismo interrogante: cómo se ordena la convivencia, se distribuye el reconocimiento y se legitiman jerarquías. Si algo comparten estos textos es la negativa a aceptar esas operaciones como evidencias obvias. Disfrutad.
Cristina Luna
Federico Colet