El presente ensayo surge a partir de una línea de investigación desarrollada en mi Trabajo de Fin de Máster (TFM) titulado La cultura prehispánica de Canarias en el aula de E/LE: contenidos para la creación de material didáctico, presentado en el año 2023. En este contexto, se abordó la relevancia de las sociedades aborígenes canarias desde una perspectiva didáctica, explorando sus manifestaciones culturales, sociales y mitológicas. No obstante, uno de los aspectos menos tratados en los estudios sobre estas civilizaciones ha sido el papel de la mujer en su estructura social, sus espacios de poder y su representación en el imaginario colectivo.
En los últimos años, ha cobrado fuerza el concepto de «canariedad», recogido por la Academia Canaria de la Lengua, como una forma de reafirmación identitaria y de reconocimiento del legado histórico y cultural del archipiélago. En este sentido, el objetivo de este ensayo es doble: por un lado, contribuir a la difusión del conocimiento sobre las culturas prehispánicas de Canarias, y por otro, reivindicar la figura de la mujer en estas sociedades, un aspecto que ha sido tradicionalmente relegado en los estudios históricos y antropológicos.
A través del análisis de diversas fuentes y evidencias arqueológicas, se pretende ofrecer una visión más completa del papel femenino en la organización social, las creencias y la transmisión del conocimiento en las comunidades aborígenes canarias de las islas orientales. Antes de profundizar en el tema central, es esencial clarificar el concepto de «canariedad» y distinguirlo del nacionalismo canario, dado que ambas nociones, aunque relacionadas, responden a marcos de sentido distintos.
La «canariedad» alude a un sentimiento identitario y cultural compartido, una conciencia de pertenencia que se construye desde lo cotidiano (i.e., las costumbres, la lengua, las expresiones artísticas o el paisaje, entre otros muchos elementos) y que no necesariamente implica una reivindicación política. En cambio, el nacionalismo canario se articula como una corriente política que, especialmente desde el siglo XX, busca el reconocimiento de Canarias como nación, con diversas orientaciones que van desde el autonomismo hasta el independentismo.
En este sentido, los trabajos de Juan Hernández Bravo de Laguna resultan fundamentales para comprender la evolución histórica y las distintas manifestaciones del nacionalismo en el archipiélago. «El nacionalismo y el regionalismo canarios en torno al siglo XX» ofrece un análisis detallado sobre la formación del movimiento nacionalista y su contexto histórico. Conviene, además, matizar la relación entre canariedad y el concepto de «cultura pancanaria», a menudo utilizado de manera imprecisa.
Mientras la canariedad reconoce la diversidad insular como parte constitutiva de una identidad común, la idea de una cultura pancanaria tiende a proyectar una homogeneidad cultural anterior a la conquista europea que no se corresponde con la realidad arqueológica ni etnohistórica. Las sociedades prehispánicas de las distintas islas presentaban rasgos propios en su organización social, en sus creencias y en sus expresiones materiales. Es por ello por lo que hablar de canariedad en el contexto prehispánico implica asumir una mirada plural que reconozca la diversidad interna del archipiélago.
El estudio del papel de la mujer en las culturas prehispánicas del archipiélago canario ha recibido escasa atención por parte de los académicos. Esto se debe, entre otros factores, a la falta de fuentes escritas dejadas por los antiguos pobladores de las islas y a la ausencia de rigor científico y objetividad en los relatos de los cronistas y conquistadores, quienes documentaron la vida social y cultural de los aborígenes desde una perspectiva eurocéntrica y con un evidente sesgo de género dados los cánones de la época y la disciplina antropológica.
En este contexto, las crónicas de los conquistadores y los relatos de los viajeros que llegaron a las Islas Canarias desde Europa constituyen las principales fuentes disponibles en la actualidad para el estudio de estas sociedades aborígenes. Sin embargo, estos textos reflejan con claridad el sesgo y los prejuicios cristianos de las civilizaciones conquistadoras, distorsionando la representación de una población indígena cuyas costumbres y creencias se alejaban del prisma europeo y religioso de la época.
En otras palabras, la información disponible sobre los aborígenes canarios está sesgada por el juicio o intención de los conquistadores (Santana Cabrera, 2018), muy probablemente con el objetivo de mantener la hegemonía cristiana (Pérez Saavedra, 1997). Es por ello por lo que analizar el papel de la mujer en las sociedades aborígenes de Canarias resulta un objeto con una mayor complejidad.
En este artículo, examinaremos el rol desempeñado por las mujeres en las sociedades de las islas de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote a partir de una serie de creencias y costumbres particulares de cada isla dada la tendencia de las islas orientales a organizarse en sistemas en los que la mujer desempeña funciones en el ámbito religioso, social e incluso político. Sin embargo, es preciso señalar que observaremos que en estas sociedades existía una tendencia a organizarse matrilinealmente, muy probablemente siguiendo el «modelo» de muchas sociedades arcaicas del Paleolítico superior en muchas regiones del mundo. No obstante, ello no significa que debamos considerarlas sociedades matriarcales per se.
Según se recoge en Le Canarien (1874), en la isla de Lanzarote se daba un fenómeno social particularmente inusual, que desafiaba las estructuras familiares convencionales. En este contexto, las mujeres de la isla tenían la posibilidad de convivir con varios maridos —«al menos tres» (Medina García, 2023)—, quienes se turnaban por meses para cumplir con sus responsabilidades dentro del hogar; es decir, para servirla.
Esta estructura familiar corresponde a un caso de poliandría —y que, en términos generales, se correspondería con triandrías— que se enmarca en de los llamados «matrimonios de servidumbre», un tipo de organización matrimonial en la que uno de los cónyuges, generalmente el hombre, tiene un rol subordinado o de servicio hacia su pareja, quien ocupa una posición dominante o de mayor poder dentro de la estructura familiar o social. Este tipo de modelos puede encontrarse tanto en sociedades patriarcales como matriarcales.
En los matrimonios de servidumbre de Lanzarote existían dos tipos de figuras: el marido entrante, quien convivía con la mujer durante un mes, y el marido saliente —que podían ser varios—, que ocuparía su lugar en el mes siguiente. Entre los académicos que han investigado a este respecto, no se ha llegado determinar la causa exacta del establecimiento de este sistema. Se han propuesto ciertas teorías que indican que podría estar vinculado a motivos demográficos por un desequilibrio de número de hombres y mujeres en la isla o por motivos económicos por la incapacidad de un solo hombre de sustentar a una esposa (Medina García, 2023).
Para analizar el papel de la mujer en la sociedad prehispánica de Fuerteventura, no tomaremos como referencia la crónica de Bontier y Le Verrier, sino las de Abreu Galindo y Torriani, ya que a partir de estas fuentes se ha podido obtener información más precisa sobre la mujer majorera. En este análisis, nos centraremos especialmente en la función sacra y social de la mujer, a través de la figura de dos personajes históricos destacados en la cultura prehispánica de la isla: Tibiabín y Tamonante, a quienes los aborígenes de Fuerteventura llegaron a considerar «cosas venidas del cielo» (Abreu Galindo, 1632, citado en Pérez Saavedra, 1997).
Abreu Galindo, en su obra Historia de la Conquista de las Islas Canarias (1632), recoge información sobre diversas figuras canarias durante el período de la conquista. En esta crónica menciona a Tibiabín, una mujer que llegó a ocupar una posición de liderazgo. Las interpretaciones modernas de las crónicas —en las que no se proporciona una descripción explícita y detallada de esta figura histórica— señalan que Tibiabín lideró a los canarios de Fuerteventura en la resistencia contra los conquistadores castellanos. En algunos pasajes, Abreu Galindo la describe como «señora» o «reina» de la isla.
La posición que ocupó Tibiabín en la sociedad prehispánica majorera es destacable, ya que, históricamente, las mujeres no se han asociado con puestos de poder en sociedades que no son estrictamente patriarcales, como las culturas europeas contemporáneas. Es por ello por lo que su leyenda no solo se erige como un símbolo de resistencia, sino también de liderazgo femenino en la historia de Canarias.
Tamonante fue también un personaje relevante dentro de la sociedad prehispánica de Fuerteventura. Frecuentemente descrita como hija de Tibiabín, Tamonante ha sido vinculada con el liderazgo político y religioso de las comunidades aborígenes mahas. Abreu Galindo (1632) menciona que los gobernantes de la isla no solo lideraban en la esfera política, sino que también eran considerados sacerdotes, capaces de realizar y organizar los ritos religiosos. En este contexto, se ha relacionado a Tamonante con el linaje de gobernantes de la isla, interpretándose que, por extensión, ella gozaba de un estatus diferenciado en la comunidad aborigen.
Torriani, en su obra Relación del estado de la isla de Fuerteventura (1590), también hace mención de esta vinculación entre gobierno y religión, añadiendo que los líderes eran vistos casi como seres divinos. Las funciones sacras de este personaje histórico deben entenderse dentro del contexto de las religiones animistas y politeístas, en las que los sacerdotes y agoreras actuaban como mediadores entre el pueblo y las fuerzas sobrenaturales. Sin embargo, en la cultura prehispánica de Fuerteventura surge también la figura de la agorera, una mujer encargada de las prácticas de adivinación, los oráculos y la interpretación de los signos divinos. Se ha relacionado a Tibiabín y Tamonante con la figura de la agorera, ya que se decía de ellas que eran «dos mujeres que hablaban con el demonio» (Torriani, 1590).
En el caso de la isla de Gran Canaria, el papel de la mujer en la sociedad prehispánica se presenta como un aspecto complejo y multifacético, marcado por la interacción de distintos factores culturales y sociales. Si bien es cierto que la información disponible sobre las culturas prehispánicas de las Islas Canarias es limitada, se ha podido obtener un conocimiento más detallado acerca de la vida social y cultural de los canarios de Gran Canaria.
Tal como se mencionó anteriormente, las islas orientales del archipiélago mostraron una mayor tendencia hacia la matrilinealidad, mientras que en las islas occidentales —Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro— se mantenían estructuras sociales más patriarcales, donde la mujer desempeñaba un papel más limitado en las esferas sacras y políticas.
En Gran Canaria, al igual que en Lanzarote y, en menor medida, en Fuerteventura, existían relaciones de poliandría, las cuales, aunque no eran la norma establecida, eran bastante comunes. A este respecto, Pedro Luján afirmó en sus «Coloquios matrimoniales» que la mujer prehispánica de Gran Canaria se llegaba a casar con «cinco hombres y no menos» (Luján, 1990, como se cita en Pérez Saavedra). Este fenómeno podría haber respondido a razones demográficas, como el desequilibrio entre hombres y mujeres, o incluso al infanticidio de niñas.
Las mujeres canarias —como se denominaba a las mujeres de la isla de Gran Canaria— desempeñaron importantes roles en los ámbitos político y religioso, actuando como consejeras, mediadoras y realizando labores de predicción. Entre algunas de las mujeres aborígenes más célebres encontramos a Andamana, también conocida como Atimadana. A ella y a su esposo, Gumidafe, se les atribuye la creación del linaje de los guanartemes, los gobernantes de la isla.
No podemos concluir este apartado sin abordar la importante figura de las maguadas, o harimaguadas, de la isla de Gran Canaria. Las harimaguadas eran jóvenes mujeres de la sociedad canarii que, frecuentemente, provenían de los linajes nobles de la isla. Este grupo de jóvenes era recluido en una comunidad social y religiosa donde eran instruidas en los ritos sacros y en las tareas domésticas, como preparación para el matrimonio. Por esta razón, muchos las consideraron sacerdotisas. Sin embargo, Pérez Saavedra (1989) señala que no podemos considerarlas como tales, ya que, a pesar de su participación en los ritos religiosos, estos no constituían su función principal.